Luego pasé a considerarlo como una enfermedad que contraían otras personas si vivían en un lugar lo bastante sucio como para pillar la infección. Al igual que la gripe, solo mataba a los débiles. Si habías estado expuesto a la enfermedad no hablabas del tema, tampoco era cuestión de ponerle mal cuerpo a la gente.
En el instituto ya se convirtió en una posibilidad. No inmediata, sino una posibilidad comparable a decir que de mayor sería astronauta, cantante o cajera. Se convirtió en una posibilidad en plan <<yo de mayor seré un fiambre>>.
La vida era un pastel que tenía buena pinta en la bandeja de la pastelería, pero que al comértelo te sabe a sal y serrín.
Ya al final convertí el suicidio en un objetivo, en una recompensa por los servicios prestados. Todo tenía importancia y nada la tenía, y yo estaba harta de intentar averiguar como eran posibles las dos cosas. Me había propuesto hacer lo imposible, fuera lo que fuese, solo para descubrir que lo verdaderamente imposible era convivir conmigo misma. El suicidio se convirtió en una fecha de caducidad, en el día de después, cuando ya no tendría que seguir intentándolo.

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